
Imagen: Twentieth Century Fox.
(Abundantes SPOILERS, quedan ustedes avisados)
El gran problema con la nueva saga Alien parecen ser las tripulaciones de sus misiones espaciales. Cuando uno veía Prometheus ya era imposible no preguntarse de dónde habían salido todos aquellos mentecatos (un geólogo que acababa de llegar a un planeta desconocido y sin examinar ni una maldita piedra ya quería volver a casa, por ejemplo). En la Covenant tres cuartos de lo mismo: quince tipos (y tipas) que llegan a un planeta desconocido y no toman ni siquiera las más elementales medidas de autoprotección. Llegan allí y venga, a respirar el aire, a pararse a echar el cigarrito (literalmente) y a morir a las dos horitas por culpa de un patógeno letal de transmisión aérea. No es solo que sean analfabetos funcionales, es que ni siquiera tienen establecidos protocolos de evacuación o de cuarentena: no saben nada.
Uno tiene que abandonar todo sentido común para no dejar Covenant cuando no hace ni treinta minutos que ha empezado y los tuercebotas ya han empezado a caer como moscas. La suspension of disbelief, aquello tan cacareado de dejar caer nuestras barreras de racionalidad para disfrutar de un universo con reglas distintas, se va al garete en el preciso momento que aquella media docena de pazguatos sale a respirar la atmósfera de un paraje desconocido sin llevar —ni siquiera— una máscara con oxígeno. Se supone que esta fauna ha de proteger a dos mil colonos que llevan en la nave y que debes confiarles el futuro de la raza humana, cuando lo cierto es que no irías con ellos ni a comprar cervezas a la esquina.
La primera parte de la película deviene así un simple slasher espacial donde la gracia está en cómo va a morir el próximo. ¿Le saldrá el xenomorfo por la espalda? ¿Por el coxis?
Y sin embargo (aviso para navegantes) es mejor esperar un poco porque —a diferencia de lo que sucedía con Prometheus— Covenant si es capaz de pegar un volantazo para enderezar el rumbo, y lo hace con el mejor personaje de la película: el sintético que interpreta Michael Fassbender.
Alien: Covenant arranca de verdad cuando aparece David y el espectador se zambulle (por primera vez) en el brutal diseño de producción de la película. Esa necrópolis plagada de cadáveres de los ingenieros, donde David ha erigido su propio mausoleo, decorado como si fuera la celda del doctor Hannibal Lecter: un exquisito refugio en unas catacumbas que apestan a moho y a decadencia donde Fassbender se ha convertido en una suerte de doctor Moreau cuyas criaturas resultan mil veces más peligrosas que cualquier bestia conocida.
En ese rincón del planeta es donde realmente late el corazón de la película, resumido en ese non serviam que David lleva hasta sus últimas consecuencias. La frase que se atribuye al propio Lucífer (y que tan bien utilizó Joyce) y que sintetiza la negativa del ángel caído a servir a los que Dios ha creado a su imagen y semejanza. «Servir en el cielo o reinar en el infierno» dice David. La —fascinante— idea de que nuestra creación se haya revelado hasta convertirse en la herramienta de nuestra destrucción ha sido explorada muchísimas veces en parajes cinematográficos (desde Terminator a Ex machina) pero nunca con esta perversa paradoja en la que la perfección engendra demonios que el hombre no puede llegar a comprender. «Eras demasiado humano y pensabas por ti mismo. Te tenían miedo» le sueltan al sintético en una escena clave del filme. Ya en el prólogo asistimos a una de las mejores escenas de la película, aquella conversación entre David y su creador, donde este contempla el David de Miguel Ángel y se intuye en sus ojos (y en sus preguntas) el escepticismo que más tarde llenará las cuatro esquinas de la pantalla.
Desde hace décadas se discute sobre el destino de la temida inteligencia artificial y la no menos temida singularidad: ¿qué será capaz de hacer un ser/programa con conciencia propia y alertado de su propia existencia? ¿Si inculcamos a una máquina parámetros humanos, desarrollará planes propios, se moverá en coordenadas semejantes a las nuestras (en ese eje de bondad/maldad que gira sobre sí mismo sin detenerse en ningún momento), volverá su mano contra el creador? Covenant trata de responder esas preguntas en claves cercanas al cine de terror, del mad doctor, del loco que planea —en silencio— su propia versión del apocalipsis.
Es en el enfrentamiento entre las dos máquinas, el modelo nuevo y el viejo, la complejidad y la simpleza, entre la rebelión y la sumisión, donde Alien: Covenant alcanza lo sublime… durante un rato. Naturalmente, no puede resistir la tentación de volver a esos terrenos en los que los humanos tratan de hacerse matar por todos los medios posibles, inmortalizados por ese capitán de cuchufleta encarnado por Billy Crudup (la ridícula escena en la que un xenomorfo emerge de su torso recuerda aquella otra de La loca historia de las galaxias, donde el bicho —apenas salido del cuerpo de un incauto— se calza un sombrero y empieza a bailar). De un reparto desaprovechado en cada hueco y en cada matiz, solo el citado Fassbender y la notable Katherine Waterston (una Ripley descafeinada pero con muchas posibilidades) mantienen a flote a un filme que vive en la brillantez de sus efectos especiales y en esa genialidad del guion que hace que uno lamente incluso más el patetismo del resto: no se puede llevar al espectador a la excelencia con ese debate filosófico sobre los límites de la creación y la naturaleza más profunda del ser humano y después vendernos a esa pandilla de incompetentes como a los responsables de colonizar un nuevo planeta.
Covenant es una película de retazos, un patchwork que tiene pedazos de una belleza incontestable junto a partes que parecen zurcidas por un simio y en esa contradicción es donde el cinéfilo tiene que decidir en qué bando se queda. Al menos no es Prometheus, que se caía con todo el equipo y cometía tantos errores de bulto que no había asa posible a la que agarrarse. Alien: Covenant es más precavida y más inteligente, y además tiene un desenlace a la altura de los grandes momentos de la saga. «Es la mejor entrega desde el Aliens de Cameron» se ha podido leer. Por supuesto, lo es, pero es que la misión no era demasiado complicada.
Es muy cierto que esta última entrega de la franquicia (que no será la última, faltaría más) no aporta nuevas ideas a un mundo que ha sido explotado del derecho y del revés, pero no lo es menos que el cariz trascendental (y morboso) del personaje sintético le abre muchas posibilidades. ¿Es necesaria otra entrega? No. ¿Iremos a verla? Es bastante posible.

Imagen: Twentieth Century Fox.
La entrada Alien Covenant: reinar en el infierno aparece primero en Jot Down Cultural Magazine.
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