Wednesday, November 1, 2017

Jot Down Cultural Magazine: La influencia del clima en los comportamientos culturales de la humanidad

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La influencia del clima en los comportamientos culturales de la humanidad
Nov 1st 2017, 08:28, by José Manuel González de la Cuesta

Bisonte magdaleniense polícromo. Fotografía: Museo de Altamira / D. Rodríguez (CC).

A lo largo de la historia de la Tierra se han producido cambios climáticos que han tenido como resultado una importante variación del paisaje y las condiciones de vida. Cambios de ciclo en las manchas del Sol, variación del eje magnético, grandes terremotos, erupciones volcánicas, etc. Todas ellas de carácter natural, aunque algunas ha habido producidas por fenómenos externos a la dinámica de la naturaleza, como el impacto de meteoritos, en algún caso de consecuencias catastróficas o el actual cambio climático, que está acelerando un previsible cambio de ciclo climatológico, con consecuencias imprevisibles.

Todos estos cambios climáticos han marcado la vida en la Tierra tanto de especies animales como de la humanidad. Lo que nos lleva a hacernos una pregunta: ¿De qué manera afecta el clima a nuestra vida cotidiana, a nuestras necesidades?  

Durante la última glaciación, el Homo sapiens tuvo una evolución muy lenta. Llegó a Europa hace unos 45.000 años y apenas cambiaron sus condiciones de vida de cazadores recolectores durante varios miles de años. Una climatología muy adversa hizo que su existencia fuese muy dura y tuvieran que dedicar todos sus esfuerzos a la lucha por sobrevivir. Fue una sociedad replegada sobre sí misma, que les llevó a construir un mundo cargado de simbología y creencias mágicas y/o religiosas. Este sentimiento de sociedad atemorizada ante lo desconocido tuvo como manifestación artística lo que hoy conocemos como arte rupestre. Fuertemente vinculado —eso es lo que se piensa en la actualidad— a un culto sagrado y mágico, en donde la representación de animales pintados en esos rocosos altares pictóricos era lo habitual, preservados, para nuestra admiración, en el fondo de oscuras cuevas. Ejemplos cercanos los tenemos en la Cueva de Altamira en Cantabria o la de Tito Bustillo en Asturias, que albergan pinturas que comprenden entre 35.000 y 10.000 años de antigüedad.

Al final de la glaciación Würm, que duró la friolera de 70.000 años, la subida de la temperatura y del nivel del mar, provocan una eclosión de nuevas formas de vida, que acaban con el Paleolítico, dando paso al Neolítico y el desarrollo de la agricultura, la ganadería y, en definitiva, al comienzo de nuestra civilización, tal como la conocemos. Es el cambio más importante vivido en los últimos 100.000 años, que abre a la humanidad la puerta de grandes transformaciones que van a durar hasta nuestros días, respetando los diferentes procesos de desarrollo en distintas partes del planeta. Aparece el arte levantino, como mejor ejemplo del arte neolítico. Los mosaicos pictóricos, que siguen teniendo una simbología religiosa, se abren a la luz del cielo abierto y las figuras humanas y sus actividades de caza se convierten en el centro de las representaciones.  El calentamiento del clima hace que irrumpa el antropomorfismo en el arte, como afirmación del hombre que confía en el progreso y su capacidad de alcanzarlo. Qué duda cabe de que la cultura y el arte han sido el reflejo intelectual de esos cambios climáticos.

Un ejemplo de la respuesta cultural a los cambios climáticos se produce en Europa entre los siglos VIII y XIV, un periodo de elevación de la temperaturas, denominado periodo cálido medieval, debido a un ciclo de máximos en la actividad solar que aumentó la temperatura media del continente unos 2 º centígrados. En contra de lo que cierta historiografía oficial, con un profundo interés religioso, ha venido relatando, casi toda la Edad Media fue un periodo de esplendor, de grandes cosechas que aliviaron el hambre de una población en expansión demográfica (en el año 1000 Europa tenía una población de treinta y cinco millones de habitantes, en 1347, cuando la peste negra comenzó a hacer estragos, la población europea era de ochenta y cinco millones), lo que propició el crecimiento de las ciudades y el desarrollo de una cultura urbana, olvidada desde hacía siglos, tras la caída del Imperio romano. Esta vitalidad urbana tuvo como consecuencia una explosión cultural que se tradujo en la construcción de grandes catedrales y la proliferación de maravillosas obras de arte y literarias. No se puede entender el gótico y su intento de acercarse a Dios, con esas grandes edificaciones de arcos apuntados señalando al cielo, sin la seguridad que daba a los hombres y mujeres de la época tener una climatología que les proveía de salud y abundante alimento.

Aunque el clima no se comportó de una manera uniforme. Hubo inviernos muy fríos, copiosas lluvias y sequías, sobre todo en el sur de Europa. En el año 1258 se produjo un descenso térmico excepcional, como resultado de la erupción del volcán Rinjani, en la isla de Lombok (Indonesia), que colmató el cielo europeo de cenizas, provocando un descenso térmico considerable durante varios años. Más adelante hablaremos de otro volcán que fue el responsable de que 1816 pasara a la historia con el sobrenombre de «el año sin verano». A pesar de estas fluctuaciones puntuales, el clima mejoró tanto que un ambiente de confianza y seguridad en el futuro recorrió Europa.

El monje de la orden de Cluny Raoul Glaber define así el optimismo que se vive en la sociedad al traspasar el milenio con la llegada del año mil, frente a las predicciones catastróficas de una parte de la Iglesia, que anunciaba el fin del mundo en una Apocalipsis de fuego y terror, temerosa de perder privilegios y poder terrenal: «Parecía que la propia tierra, como sacudiéndose y liberándose de la vejez, se revistiera toda entera de un blanco manto de iglesias. En aquel tiempo los fieles sustituyeron con edificios mejores casi todas las iglesias de las sedes episcopales, todos los monasterios dedicados a los diversos santos y también los más pequeños oratorios del campo».

La cultura corre de la mano de la expansión de las órdenes monásticas por todo el territorio continental, con la extensión del arte románico a partir del siglo XI y posteriormente el arte gótico, a partir del siglo XIII. Estas dos corrientes artísticas, que engloban arquitectura, pintura y escultura, son la máxima expresión de la cultura medieval, en un tiempo que asiste al nacimiento de las lenguas romances desde el siglo IX, iniciándose el proceso de laicización de la cultura, especialmente la literatura, con los grandes poemas épicos, denominados cantares de gesta: el Cantar del Mio Cid, La canción de Rolando, etc.; las canciones de amor cortés, que los trovadores cantaban ante damas arreboladas de amor y caballeros que disimulaban su azoramiento por la cercanía de sus amadas; los juglares llevaban sus canciones de gesta por pueblos ciudades y aldeas, haciendo las delicias de sus oyentes. La sapiencia de la lectura todavía era algo que no podían alcanzar.

Obras como la Divina comedia, escrita por Dante Alighieri en el primer cuarto del siglo XIV, de un marcado carácter antropocéntrico, al situar al hombre (dicho esto como genérico de la humanidad) en el centro de su vida, siendo él quien tiene que luchar para alcanzar sus propósitos, frente al teocentrismo medieval, que convertía a los humanos en muñecos al albur de los designios de Dios, no habrían podido escribirse si la sociedad de la época no hubiera tenido la suficiente confianza en sí misma como para para situar al hombre en el centro de la vida. Y esto solo podía ser posible gracias a una climatología que propiciaba ese optimismo.

Paisaje de invierno con trampa para pájaros, de Pieter Brueghel el Viejo, 1565.

Del mismo modo el Quattrocento italiano coloca el retrato en un lugar destacado de su interés pictórico o escultórico, porque el hombre es la medida de todas las cosas al ser la obra perfecta de Dios, pensamiento que sitúa a los humanos en el centro del universo como excelsa creación divina, sin el que no se puede entender el Renacimiento como última manifestación cultural surgida de una época de clima benigno y expansión de la sociedad europea, que ve cómo a partir del siglo XV el clima se empieza a enfriar, con una bajada de la temperatura media con respecto a la actualidad de 1,5 a 2 ºC, debido a una disminución de la actividad solar y a un aumento de la actividad volcánica. Como ya se ha dicho antes, tampoco esta fue una etapa de clima uniforme, habiendo años de más frío y otros de más calor, pero generalizando: los veranos disminuyeron sus días, los ríos en invierno se congelaban, y hubo un aumento grande de la humedad y las precipitaciones en forma de nieve, como consecuencia de un enfriamiento general de la atmósfera continental. En nuestra memoria está el recuerdo de los paisajes de nevados de Pieter Brueghel el Viejo o el maravilloso cuadro Paisaje de invierno con trampa para pájaros, de 1565.

La sociedad europea, conforme las condiciones climáticas empeoran, va perdiendo confianza en sí misma, se va encerrando y se produce un retroceso del sentimiento antropocéntrico del Renacimiento, volviendo a un sometimiento del hombre a la voluntad divina. Es la época de la oscuridad del Barroco, del repliegue a las creencias religiosas, de la Inquisición, del Índice de Libros Prohibidos y la intolerancia que tuvo como triste resultado la persecución y el castigo de quienes no se plegaron a los dictados de las autoridades políticas y religiosas. Como ejemplo baste que entre el último cuarto del siglo XVI y el primero del XVII, coincidiendo con una época de frío insoportable, en Europa se quemaron miles de brujas acusadas de ser las causantes de la ola de bajas temperaturas que azotaban el continente.

El momento álgido de la Pequeña Edad de Hielo fue el siglo XVII, que experimentó las temperaturas más frías del último milenio. Fue un siglo de catástrofe y hambrunas, de ruptura del crecimiento demográfico por la elevada mortandad y guerras mortíferas, de desequilibrios sociales… que tiene como esplendorosa manifestación cultural el Barroco. El arte vuelve a manifestar el sentir de la sociedad, sumida en un mundo hostil, y se llena de simbología religiosa, de una tenebrosidad que asusta, de unos colores que se esconden o luchan por sobrevivir bajo un velo de penumbra. Se produce el resurgir de los sentimientos interiores, de las pasiones y la espiritualidad. La gran crisis social que se vive acaba con las certezas del Renacimiento y convierte al hombre en un ser dubitativo y violento, incapaz de encontrar su sitio en el universo que le rodea. Solo le queda buscar consuelo en la religión, en el humor, que le hace reírse de sí mismo —no es de extrañar que en los años de mayor frío, entre 1585 y 1610 apareciera el Quijote, un personaje enloquecido que lucha por devolver al mundo un orden moral desaparecido que ya no volverá— y la representación de la vida cotidiana, ya sea en el arte, mediante un naturalismo que se manifiesta sobre todo en el norte de Europa, o el teatro, que fue la gran expresión artística popular de la época. Ni siquiera la suavización de las temperaturas en el siglo XVIII acabó con esa sensación de abandono y pesimismo que invadía a la sociedad. Solo con la llegada de la Ilustración a mediados de siglo, la creencia en el progreso y el intento de restablecer un orden racional de las cosas, la sociedad, a duras penas, empezó a cambiar. Proceso que será irreversible con un nuevo cambio climático, que viene apuntando desde principios del siglo XVIII, con la suavización de las temperaturas, dando lugar a la Revolución Industrial, que se aceleró a partir de mediados del siglo XIX, cuando el calentamiento atmosférico es ya un hecho irreversible en Europa, que cambió el mundo a lo que hoy conocemos, con la revolución cultural que se produce en el siglo XX.

El influjo de la climatología en el arte y la cultura se puede ver, también, en momentos muy puntuales, que por su brevedad los hace más compresibles, y nos pueden dar una idea más precisa de hasta qué punto es importante.

En el año 1815 se produce la erupción del volcán del Monte Tambora en Indonesia. Fue una de las explosiones volcánicas más potentes de la historia. De dimensiones catastróficas para todo el planeta, provocó grandes destrucciones: se estima que alrededor de cien mil personas murieron tras la explosión. Nunca se había visto nada igual. El sonido del estallido fue tan atronador, que se llegó a escuchar en Yakarta a 1200 km, de distancia. Aquella parte del mundo sufrió un drama devastador, tanto que el poeta chino Li Yuyang escribió unos versos que ya se hicieron famosos al mostrar el sentimiento de impotencia que se produjo en mucha gente:

El agua que se derrama en los aleros me ensordece.
La gente se precipita por la caída de casas por millares.
Es peor que el trabajo de los ladrones.
Los ladrillos se agrietan. Las paredes se caen.

No menores fueron las consecuencias indirectas que provocó la nube de cenizas que cubrió la tierra durante los años siguientes. Una generalizada bajada de las temperaturas y desórdenes climáticos: granizadas en Londres, nevadas en Mallorca, lluvias incesantes en Suiza, frío casi invernal en Madrid, etc., provocaron la pérdida de cosechas, hambrunas en muchos países, enfermedades, crisis económica, migraciones, disturbios, manifestaciones, repliegue, otra vez, a las creencias religiosas, sectas que pregonaban el apocalipsis… un panorama desolador, que hizo que el año 1816 fuese conocido en el hemisferio norte como «el año sin verano».

Esta breve época de hielo también tuvo su manifestación en la cultura. Quizá por accidente, en algunos casos, por necesidad en otros, o por reflejo estético de lo que estaba sucediendo, no pasó inadvertida para el arte. El caso es que de esos años nos ha quedado el legado de grandes obras que se realizaron bajo la impronta del clima. Lord Byron escribe en su poema «Oscuridad», en el que refleja aquel verano oscuro de 1816 pasado en Suiza:

Tuve un sueño que no era del todo un sueño.

El brillante sol se había extinguido y las estrellas
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos y la helada tierra
oscilaba ciega y se oscurecía en el aire sin luna;
la mañana llegó y se fue, y llegó, y no trajo
consigo el día…

La erupción del Vesubio, de William Turner, pintado entre 1817 y 1820. Imagen: Yale Center for British Art.

William Turner, el grandísimo pintor británico precursor del impresionismo, nos dejó el relato pictórico de lo sucedido en el cielo de aquellos años. Supo aprovechar la belleza estética de un fenómeno climático anormal, del que no se podría sustraer, como se puede admirar en su cuadro La erupción del Vesubio (1817-1820). La influencia que los intensos atardeceres de aquellos años de frío y ceniza dejaron en el resto de su obra, con los colores ocres, anaranjados, aloques, que se plasmaban en el cielo al filtrarse las rayos solares entre el manto de ceniza del Tambora, creaban una atmósfera irreal, onírica, que dejó una huella de belleza en su arte pictórico y quizá en el impresionismo de los años posteriores.

Resulta anecdótico que el villancico más famosos del mundo tuviese su génesis en el invierno de 1818, cuando el intenso frío rompió el órgano de la iglesia de San Nicolás en Oberndorf (Austria), dejándolo inútil para la celebración de la Misa del Gallo, la noche de Navidad. El párroco Joseph Mohr debió sentir una enorme impotencia, que le impelió a tener que buscar una solución para la misa, que marcaría la historia musical de la Navidad. Le pidió a su amigo Frank Gruber que compusiera una melodía para una letra que tenía escrita desde hacía varios años. Había que salvar los muebles ante los feligreses, aunque fuese un villancico nuevo cantado con el acompañamiento de una guitarra. Pero de aquella feliz idea surgió uno de los villancicos más hermosos que se han escrito jamás: «Noche de Paz». Habrá de agradecérselo al Tambora y al frío polar que barrió Europa en aquellos años de hielo.

El frío hizo que Inglaterra tuviera la década más gélida de los últimos cien años, lo que marcó indudablemente la obra de Charles Dickens, que pasó su infancia durante aquellos inviernos polares que azotaron Londres. El ambiente de frío que plasma en sus obras es posible que tenga que ver con su experiencia infantil, de largos y acerados inviernos.

El clima influyó, y qué duda cabe, en la máxima creación artística que aquellos años dieron al mundo. Es una historia harto conocida, que relató magistralmente Gonzalo Suárez en su película Remando al viento (1988), del verano de 1816 que pasaron en la Villa Diodati a orillas del lago Lemans Lord Byron y un grupo de amigos, entre los que se encontraban Mary Shelley y John W. Polidori. Los numerosos días de lluvia, frío y tormentas, que desbordaron el lago inundando la ciudad de Ginebra, obligaron al grupo de amigos a encerrarse largos periodos en el interior de la casa. Para matar el tiempo a Byron se le ocurrió que cada uno escribiera una novela de terror; ¿cuál sería el estado de ánimo que reinaba en la casa para que todos aceptaran? La conclusión de esta ocurrencia inducida por un clima adverso fuera del contexto estacional fue la génesis de tres obras maestras de la literatura: Mary Shelley escribió Frankenstein —publicada en 1818—, novela gótica precursora de la literatura de ciencia ficción; William Polidori El Vampiro —publicada en 1819—, obra que marca la tradición del vampiro romántico; y Byron escribe «Oscuridad», una oda apocalíptica tras una catástrofe global, influida por el verano que nunca existió.

No cabe duda de que la humanidad y la naturaleza forman un sistema simbiótico en donde nada sucede al azar. Y esa relación marca la vida de los humanos, de la misma manera que la naturaleza se ve resentida cuando el hombre se comporta como un ser irracional que todo lo destruye. Y al igual que los hombres y mujeres reaccionan con respuestas culturales ante los  embates de la naturaleza, esta lo hará cuando se sienta agredida por los humanos. El problema es que desconocemos su respuesta, y eso es lo que produce miedo.

Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas.
Debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.

«Jardín de Invierno». Pablo Neruda.

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Jot Down Cultural Magazine: El cine francés durante la Segunda Guerra Mundial

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El cine francés durante la Segunda Guerra Mundial
Nov 1st 2017, 08:36, by Javier Bilbao

Escena de Los visitantes de la noche. Imagen: Productions André Paulvé.

«Poder ver París ha sido el sueño de toda mi vida. No puedo decir cuán feliz soy al ver cumplido hoy este deseo», cuenta Albert Speer que le confesó Hitler tras su fugaz visita a la ciudad apenas se había producido la derrota francesa, y esa misma noche añadió: «¿No es París hermoso? Pues Berlín tiene que ser mucho más hermoso. He reflexionado con frecuencia sobre si París no debería ser destruido, pero será únicamente una sombra cuando hayamos terminado Berlín. Así pues, ¿para qué destruirlo?». El régimen nazi tenía un plan para cada territorio conquistado y el destino que le atribuía a París en concreto y Francia en general era el de languidecer sin prisa, mantenerla relativamente intacta para poder compararse con ella ventajosamente pero vigilando estrechamente sus pasos, especialmente en un ámbito singularmente importante para su ideario como era el de la cultura. Como dijo Goebbels poco después a la embajada alemana en París: «El objetivo de nuestra victoriosa campaña es poner fin a la dominación francesa de la propaganda cultural, en Europa y en el mundo». A ello se pusieron casi de inmediato.

El Departamento de Propaganda que organizaron los ocupantes reclutó a mil doscientas personas y debía filtrar meticulosamente toda la vida cultural francesa, distribuyéndose a través de seis secciones: radio, cine, prensa, literatura, propaganda activa y por último cultura, en la que se englobaban actividades como el teatro, los conciertos, la pintura y el ocio nocturno. Su finalidad, además de ahormar la producción cultural de acuerdo a sus postulados ideológicos, era la de promover la cultura alemana en Francia y facilitar el saqueo artístico del país. Unas tareas que no resultaban novedosas pues antes siquiera de que empezase la guerra el Tercer Reich ya disponía de una red de infiltrados y llevaba gastados unos trescientos millones de francos en sobornar a la prensa francesa. Así que la adaptación mutua fue relativamente sencilla, aunque merece la pena centrarse en los roces y las excepciones.

El ámbito musical fue el que proporcionó unas relaciones más fluidas entre ocupantes y ocupados. Desde compositores de música clásica como Marcel Delannoy hasta cantantes populares como Édith Piaf fueron invitados a actuar en territorio alemán, y a su vez directores de orquesta alemanes como Herbert von Karajan dieron conciertos en París, donde obras de compositores tan vinculados al nazismo como Wagner se interpretaban de forma habitual. De hecho la quinta parte de las butacas de la Ópera de París estaban reservadas para los soldados alemanes. No es sorprendente que estos se sintieran como en casa y que consideraran el París ocupado un periodo vacacional del que descansar de la guerra en el frente oriental. La pintura fue, por el contrario, la gran damnificada por la ocupación. El museo Jeu de Paume se convirtió en un depósito en el que reunir las obras francesas a expoliar para ser enviadas a otra galería, la que Hitler proyectaba crear en Linz, aunque el mismo Göring se pasaba por allí con frecuencia para acrecentar su colección particular. Curiosamente la conservadora que dirigía el museo era miembro de la resistencia y comunicaba a sus compañeros cada envío (unas veinte mil pinturas en total) para evitar que fuera destruido por los saboteadores de ferrocarriles.

Respecto al teatro, durante la ocupación pasó a centrarse en obras de entretenimiento liviano y en otras ambientadas en el pasado, de esa manera se evitaba la censura y servía a los franceses como una vía de escape, por lo que aumentó considerablemente su público. Particular protagonismo lograron las obras en torno a Juana de Arco, ya que paradójicamente servía a los intereses tanto del régimen de ocupación como a la resistencia. Los primeros la utilizaban para remarcar que el verdadero enemigo de Francia siempre había sido Gran Bretaña, para los segundos era un símbolo patriótico e insurrecto. Este recurso al pasado, empleado para hablar de aquellas situaciones del presente que no era posible abordar directamente, fue también común en el cine. Goebbels era un gran cinéfilo, así que fue el arte a cuyo control prestó más atención. Un concierto, una representación teatral o una pintura captan la atención en cada caso de unos pocos cientos de personas, pero una misma película podía ser vista por millones. Un periódico o una radio también podían abarcar una gran audiencia pero bajo un régimen de ocupación el escepticismo generalizado ante su veracidad pueden limitar su impacto. El cine es el material con el que se forjan los sueños, parafraseando a Sam Spade, y qué otra cosa puede querer un régimen totalitario que acceder hasta el último rincón de nuestras mentes.

Todas las películas francesas previas a 1937 fueron prohibidas, así como todas las de procedencia angloamericana. De las restantes fueron además incluidas en una lista negra otras doscientas producciones. Un organismo llamado Referat Film pasaba a dar el visto bueno a cada guion y organizaba el equipo de producción y el plantel de actores de cada rodaje. Naturalmente los judíos quedaron fuera de una rama artística en la que tenían más influencia que en ninguna otra, hasta un quince por ciento del personal en la industria cinematográfica fue excluido por el Estatuto de los Judíos de octubre de 1940, reforzado al mes siguiente por una orden más específica: «Todo aquel que colabore en una producción fílmica en cualquier forma, ya sea intelectual o técnica, en la distribución, mantenimiento, y proyección de películas y en la construcción, venta, y alquiler de cámaras, proyectores, u otros elementos usados en la producción fílmica debe obtener la aprobación del Militarbefhlshaber». Respecto al contenido Goebbels fue taxativo: «He dado órdenes muy claras de que los franceses deben producir tan solo películas ligeras, vacías y, a ser posible, kitsch. Considero que con eso tienen suficiente. No hay ninguna necesidad de que desarrollen su nacionalismo». Por su parte el régimen de Vichy promovió un cine que exaltara la vida rural, la familia y el catolicismo. Ante este panorama muchas personalidades huyeron a Estados Unidos, desde directores como Jean Renoir hasta actores como Charles Boyer, dejando un hueco tras de sí que permitió despegar a otros, como Robert Bresson.

Naturalmente, siempre que ha habido censura y dirigismo cultural se han inventado maneras de sortearla. Esos pequeños guiños que pasan el filtro pero que son recibidos por la audiencia con alborozo. La complicidad entre quienes comparten códigos culturales comunes y no necesitan ser explícitos para entenderse. El arte, en definitiva, cuando es arte y no simple propaganda y adoctrinamiento, requiere cierta sutileza y exige una interpretación en el receptor. En este caso, la compañía nacional de producción cinematográfica alemana, la UFA, tenía como asociada en París a Continental, que precisamente por su posición privilegiada gozó de un mayor margen de libertad. Por el contrario, las películas rodadas en el territorio del régimen de Vichy sufrieron las mayores restricciones, al fin y al cabo como tantas veces ha ocurrido el esclavo que está al mando de otros esclavos suele ser más severo que el propio amo para mantener así su posición. Así que entre las películas de Continental durante los años de la guerra nos encontramos con obras como ¡Cecilia está muerta!, El cuervo o La mano del diablo. De esta última la escena que vemos a continuación resume bien su argumento:

Un pintor fracasado acepta un amuleto (que resulta ser una mano izquierda) cuyo poder sobrenatural le confiere un extraordinario talento artístico. Previamente esa mano había pertenecido a un mosquetero que se volvió invencible, hasta que un día mató a su mejor amigo. Luego pasó a un mendigo, que se convirtió en el más célebre ladrón de su tiempo y finalmente resultó ajusticiado. A continuación un malabarista fue bendecido por ese talento hasta que se tornó en maldición, de forma que durante un número frente a los reyes de España un loco impulso le poseyó, ofendió a su majestad y el pobre saltimbanqui fue ahorcado. Así uno tras otro hasta acabar en nuestro protagonista, que tras gozar de las mieles del éxito toma conciencia de que al comprar dicho amuleto vendió su alma al diablo. No es de extrañar que el público de la época percibiera en el fondo de su conciencia un dilema moral similar hacia la ocupación. Habían trocado paz por tiranía, habían comprado su tranquilidad material a cambio de la indignidad de colaborar cada día de sus vidas con el nazismo… ¿Deberían renunciar a ese amuleto maldito a costa, como el protagonista, de renunciar a su prosperidad?

El cuervo, por su parte, era una adaptación rodada en 1943 de una obra teatral previa a la guerra que ahora adquiría un nuevo significado. En una tranquila localidad rural sus habitantes comienzan a recibir cartas anónimas en las que se lanzan acusaciones sobre infidelidades u otros comportamientos que, ciertos o no, arruinarían la reputación de las víctimas de hacerse públicos. El fantasma de la delación se planteaba así sutilmente en un momento en el que muchos franceses habían acusado ante las autoridades de la ocupación a vecinos o compañeros bien por judíos o por ser miembros de la resistencia. La cinta sin embargo fue interpretada como antifrancesa tras la guerra, al no contribuir al mito de un pueblo unido y leal bajo el yugo del invasor.

También hubo películas al margen de la productora Continental que de una u otra forma intentaban mantener viva la llama de la rebelión. Pontcarral, colonel d’empire, por ejemplo, en torno a un soldado de la caballería durante el imperio napoleónico que en cierto momento profiere «bajo un régimen así, señor, es un honor ser condenado», lo que al parecer provocaba los aplausos del público durante la proyección. Una cinta interesante por dos razones distintas es Los visitantes de la noche. Como ocurría con el teatro, en el cine pasó a ser frecuente ambientar la historia en el pasado, en este caso la Edad Media, y como en un ejemplo anterior por aquí también aparece el diablo —trasunto de Hitler— conspirando contra el protagonista, concretamente borrándole la memoria tras descubrir que se ha enamorado de una chica. Pero cuando vuelve a verla su corazón sí la recuerda, recobra la memoria y ambos se besan apasionadamente. El diablo viendo la escena en un segundo plano se enciende de rabia al ver frustrados sus planes y convierte a ambos en una estatua de piedra. Ahora sí parece haber vencido, pero, un momento… se aproxima a ellos, arrima la oreja y estupefacto percibe el latir de sus corazones bajo esa aparente inmovilidad. El guiño que se lanzaba a los espectadores es que Francia, aunque aparentemente sojuzgada por la ocupación, seguía viva, y tarde o temprano se alzaría en rebelión. El segundo hecho significativo en torno a esta película es que estuvo protagonizada por Arletty, célebre actriz de su tiempo que se convertiría en uno de los ejemplos más sangrantes de colaboracionismo. Según ella misma decía «mi corazón es francés pero mi culo es internacional», por lo que se hizo amante de un oficial alemán, Hans Jürgen Soehring, y participó en múltiples actos en la embajada alemana. Eso le valdría en la posguerra ser condenada a ingresar en el campo de internamiento de Drancy y posteriormente relegada al ostracismo. Su amante no tuvo mejor suerte, pues si bien logró ser nombrado cónsul en el Congo desapareció repentinamente mientras nadaba en el río del mismo nombre, tal vez devorado por un cocodrilo.

En general puede decirse que frente a la violencia desmedida del frente oriental, con una resistencia por los bosques bielorrusos que realmente castigaba las líneas de abastecimiento del frente alemán y, también, con unas represalias muy duras de los ocupantes, en Francia siempre funcionó un pacto tácito de no agresión mutua. Fue precisamente cuando la batalla de Stalingrado primero y luego la de Kursk, en 1943, comenzaron a doblegar al Tercer Reich el momento en que en Francia comenzó a avivarse la rebelión. Ese año se fundó el Comité de Libération du Cinéma Français, y su labor fue principalmente señalar a colaboracionistas mediante libelos en imprentas clandestinas y planificar un escenario posbélico. Hubo sin embargo alguien capaz de ir un poco más lejos que el resto, alguien cuya obra ya hemos citado, Jean-Paul Le Chanois, quien fue guionista de La mano del diablo y que a comienzos de 1944 se fue a rodar un documental sobre el maquis a Vercors, en el sudeste de Francia. Pueden verlo aquí:

Poco después se filmó otro documental, La liberación de París, que retrató aquellos decisivos momentos que tuvieron lugar en agosto de 1944 con la llegada de de Gaulle a la capital francesa, lo que infundió un renovado orgullo petriótico e hizo olvidar rápidamente el pasado. Respecto a este contexto el historiador Tony Judt describió con agudeza psicológica la inacción de muchos intelectuales franceses durante la guerra y su beligerancia contra el nazismo una vez este había sido derrotado: «A menudo, fueron estas mismas personas las que adoptaron las posturas más rígidas y más extremas en los años siguientes. ¿Una compensación por el tiempo perdido? ¿Sentimientos de culpa debidamente aplacados por medio de un compromiso que no habían sido capaces de asumir cuando realmente importaba? ¿La corrosiva sensación de haber perdido la oportunidad de actuar, seguida por la frenética búsqueda de una actividad compensatoria?». Pues bien, algo similar podría decirse del cine francés. Las películas que retrataron la ocupación y la resistencia antinazi fueron, claro, aquellas que se produjeron tras el término de la guerra, entregadas a menudo a construir enfáticamente el ideal de una resistencia unida por encima de diferencias ideológicas y clases sociales, de amplio apoyo popular, firmemente leal al general de Gaulle y muy eficaz en el daño que provocaron al Tercer Reich. La realidad fue algo distinta… y a partir de los años setenta comenzaron a verse en pantalla recreaciones más desmitificadoras de aquellos años. La historia con el paso del tiempo tiende a convertirse en mito, pero en este caso la tendencia resultó ser la opuesta, por esa necesidad inmediata en la posguerra de acallar la mala conciencia. Íntimamente muchos comprendieron ahora a aquel protagonista de La mano del diablo y, como él, ahora que se habían percatado querían recuperar su alma.

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